Ese dramatismo se me escapaba. La visión de esos imponentes nazarenos en contraposición –y oposición- a esas mujeres indefensas e impasibles. No encajaba en el guión que antes había observado en la Semana Santa. Por entonces la mujer no podía salir de nazareno en ninguna Cofradía, y era tal la devoción de aquellas devotas –me decían- que cumplían su promesa de acompañar al Señor fueran cuales fueran las condiciones, antes incluso lo hacían vistiendo un hábito morado con cordón dorado. Me parecía la peor de las penitencias.
Con el tiempo siempre fue una visión que iba buscando tras el encuentro con el Señor. Hoy, cuando afortunadamente ese tramo de cirios ha sido sustituido por cruces de penitente, este visitante se sigue emocionando contemplando estas caras anónimas y cansadas, silentes entre el ruido de sus pasos y el del choque entre cruces.
Esta Semana Santa en el Gran Poder las mujeres podrán salir de nazareno, se acaba de aprobar por unanimidad. Seguramente muchas seguirán en la Madrugá tras el Señor, pero otras podrán vestir su túnica. No es mi intención debatir sobre las formas en que se ha producido, sobre las Normas Diocesanas y otros factores de los que se ha escrito ya tanto- que hasta de los actos de justicia se quiere hacer polémica-. Pero han pasado casi 25 años desde que la Semana Santa empezara a abrir las puertas a la mujer, y aún quedan tres Hermandades que ni se lo plantean –en una de ellas ni siquiera pueden ir a las comidas de Hermandad-, este asunto; es como si lucharan por el dudoso honor de ser las últimas en rendirse.
De la mano de este dramatismo del Gran Poder, su polo opuesto: la alegría del cortejo de la Borriquita el Domingo de Ramos, donde -¡por fin!- podrán participar niñas. Clamaba al cielo que hubiera niñas que tuvieran que asumir un papel sumiso de espectador de un espectáculo en el que solo podían participar sus Hermanos. Se me viene a la mente esas niñas jugando en la “rampla”, con el antifaz de su hermano puesto o una varita en la mano.
Que los cambios y adaptación a los tiempos de la Semana Santa, tienen su propio ritmo, es algo racional hablando de esta tradición centenaria. Pero el caso de la incorporación de la mujer debería haber sido algo menos traumático. Aún mas sabiendo que su no participación es más una prohibición que una tradición, puesto que antes si lo hacían. Fue el Cardenal Illundain quien en 1929, ante la avalancha de visitantes que tendría La Ciudad con motivo de la Exposición Iberoamericana, y en un intento de lavado de imagen de los desfiles procesionales, prohibió la participación de las mujeres en las cofradías (las limitaba a un número de 40 en Hermandades en que participaran tradicionalmente), así como las saetas o alargarse mas allá de las 9 la mañana del Viernes Santo. Así como suena.
El principio de igualdad entre hombres y mujeres resulta vergonzoso que cueste tanto aplicarlo. Por fin se está rompiendo esta injusticia. Eso si, este visitante cruza los dedos esperando que la absurda corriente "progre" que nos invade no acabe “retitulando” a nuestras Hermandades como Cofradías de Nazarenos y Nazarenas (…la arroba mejor ni la miento).
6 comentarios:
Afortunadamente en eso vamos ganando.
Que bien describes las situaciones y que poco te prodigas.
Me ha alegrado leerte de nuevo.
Un abrazo
Pienso a menudo en dónde está la esencia de la Semana Santa, qué es aquello que debe permanecer inmutable para que la Semana Santa siga siendo así; pero seguro que el hecho de que sólo los hombres puedan hacer estación de penitencia no forma parte de tal esencia. Puede cambiarse, ha cambiado, se está cambiando, y la semana santa sigue siendo tan gloriosa como siempre.
Un año más, contando los días.
Algun día dejaremos de hablar del tema. Nos acercamos a la modernidad.
Un abrazo.
Antonio
Vaya tela con el Illundain... y encima tiene hasta una calle...
Nunca entenderé este tipo de cosas. Afortunadamente la lógica a veces triunfa.
Un saludo!
Lo de la incorporación de las mujeres a los cortejos de nuestras cofradías era (es) fruta madura. Cuestión de tiempo.
Sí que parece que las 3 que quedan, no tiene prisa alguna en adaptarse a los tiempos, pero es cuestión de tiempo, poco tiempo. Creo que la inercia del Gran Poder terminará por arrastrar a las demás. O eso espero...
Pero si me alegro por la cofradía del Señor, más lo hago por esas niñas de la Borriquita. Era algo que clamaba al cielo. Por fin justicia para las más pequeñas.
PD: para la última en abandonar tal "honor" apuesto por el Santo Entierro.
La penitencia desde luego hay muchas formas de desarrollarla y la que conformaban la imagen que bien describes de ese "tramo" de mujeres tras el Gran poder podía ser de las más dramáticas y simbólicas.
Celebro la decisión de que, por fin, puedan las hermanas realizar Estación de Penitencia en el Gran Poder, ya era hora.
Saludos.
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